23 ago 2009

Late august



El único poema que he traducido en mi vida, “Blackberry picking” de Seamus Heaney, comenzaba con uno de esos sintagmas cuya aparente inocencia puede acabar supurando con el tiempo una severa dosis de crueldad. Se trata de una simple combinación de adjetivo y sustantivo, “late august”, que en cristiano obviamente dejaríamos en “fin de agosto”, o bien “finales / últimos de agosto”.

Ya lo dije no hace mucho: hay quienes tenemos el privilegio de seguir midiendo nuestras vidas adultas por el calendario académico, y seguimos en consecuencia apreciando la evocadora ―por más que algo infantil― resonancia de expresiones tales como “fin de curso” o “vacaciones de Navidad”. “Fin de agosto”, es, en cambio, el lógico contrapunto de lo anterior: esas jornadas (una semana, o más) teñidas ya a partes iguales por la insidiosa amargura que conlleva la inminencia de un final, y la insidiosa comezón propia de los principios ―asustan tanto como excitan, los comienzos― cuya fecha no obstante se demora día tras día.

Vaya, que el fin de agosto parece ―sobre todo en noches de resaca metafísica como ésta―un fantasma paradójico: a veces adquiere las maneras de un ensayo general de septiembre, aun sin horarios ni obligaciones; otras semeja una prórroga absurda e inútil ―una de esas prórrogas que en nada cambian los marcadores― que el verano, a pesar de saberse condenado, insistiera en concederse sin otro fin, entonces, que la mera afirmación de su estertórea supervivencia.

Y en ese vaivén irresoluto y caprichoso nos movemos ―como si habitáramos el punto central de un majestuoso fundido encadenado― durante días, sin saber muy bien qué hacer: si ir a la playa o recoger el escritorio; si trasnochar, o ir cambiando los horarios. Si comprar más vino, o una nueva mochila para el cole.

Cosas de las transiciones, trampas del ánimo, bromas ―pesadas― del tiempo. Como la que asoma, por cierto, al final del poema de Heaney. Otro día busco la traducción en el trastero:

Late August, given heavy rain and sun
For a full week, the blackberries would ripen.
At first, just one, a glossy purple clot
Among others, red, green, hard as a knot.
You ate that first one and its flesh was sweet
Like thickened wine: summer's blood was in it
Leaving stains upon the tongue and lust for
Picking. Then red ones inked up and that hunger
Sent us out with milk cans, pea tins, jam-pots
Where briars scratched and wet grass bleached our boots.
Round hayfields, cornfields and potato-drills
We trekked and picked until the cans were full,
Until the tinkling bottom had been covered
With green ones, and on top big dark blobs burned
Like a plate of eyes. Our hands were peppered
With thorn pricks, our palms sticky as Bluebeard's.

We hoarded the fresh berries in the byre.
But when the bath was filled we found a fur,
A rat-grey fungus, glutting on our cache.
The juice was stinking too. Once off the bush
The fruit fermented, the sweet flesh would turn sour.
I always felt like crying. It wasn't fair
That all the lovely canfuls smelt of rot.
Each year I hoped they'd keep, knew they would not.

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