En principio, sólo era una maniobra apresurada: presionar la cisterna (a fin de borrar los restos de lejía que la chica de la limpieza siempre dejaba en la taza) al tiempo que, con la otra mano, y urgido por un insobornable retortijón, comenzaba a bajarse los pantalones. Pero en un segundo la cosa se convirtió en una burlona jugarreta del azar cuando, en plena ejecución de ambos actos, el teléfono móvil salió disparado del bolsillo derecho del pantalón. Cayó, sí, en el váter, justo a tiempo de que el primer chorro de agua de la cisterna lo cogiera como en volandas y lo hiciera desaparecer al instante. Visto y no visto.
Primero imaginó que el teléfono habría quedado atrapado en el desagüe, pero una rápida inspección manual (ejecutada con el lógico reparo que siempre produce meter la mano en tales sitios) lo convenció de lo contrario. Luego supuso que acababa de cargarse las tuberías del piso, pero cuando presionó otra vez la cisterna ésta respondió sin dificultades, tragándose con total impavidez la nueva ración de agua. Entonces lo asaltó un terror injustificado: salió del baño, entró en la sala, cogió el teléfono fijo y marcó el número de su móvil. Afortunadamente, sólo le respondió el mensaje de “número no disponible”. Por lo menos, pensó, no lo despertarían en plena madrugada los chirridos de un teléfono atrapado a perpetuidad en las tuberías del piso. Evitó considerar, en cambio, cuán breve y fulgurante había sido su agonía al contacto con el agua. Sólo se rió, y de momento lo dejó pasar.
El problema vino más tarde, cuando las ganas de ir al baño, momentáneamente contenidas por el susto, regresaron. ¿Qué hacer?
Primero imaginó que el teléfono habría quedado atrapado en el desagüe, pero una rápida inspección manual (ejecutada con el lógico reparo que siempre produce meter la mano en tales sitios) lo convenció de lo contrario. Luego supuso que acababa de cargarse las tuberías del piso, pero cuando presionó otra vez la cisterna ésta respondió sin dificultades, tragándose con total impavidez la nueva ración de agua. Entonces lo asaltó un terror injustificado: salió del baño, entró en la sala, cogió el teléfono fijo y marcó el número de su móvil. Afortunadamente, sólo le respondió el mensaje de “número no disponible”. Por lo menos, pensó, no lo despertarían en plena madrugada los chirridos de un teléfono atrapado a perpetuidad en las tuberías del piso. Evitó considerar, en cambio, cuán breve y fulgurante había sido su agonía al contacto con el agua. Sólo se rió, y de momento lo dejó pasar.
El problema vino más tarde, cuando las ganas de ir al baño, momentáneamente contenidas por el susto, regresaron. ¿Qué hacer?
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