Ayer me explicaba mi cuñada, que es ocho años más joven que yo, cómo en su generación está prendiendo, al parecer, un desprecio cada vez mayor por el matrimonio convencional: no se trata sólo de que, obviamente, la mayoría de las parejas decida irse a vivir juntos sin otro trámite ni trance que el de la real gana, sino también de que se hayan puesto de moda las bodas de juzgado, sin trajes blancos, comilonas, detalles de la novia o paquitos el chocolatero.
Hasta ahí todo me parece muy sano, y no especialmente moderno si pienso en cómo transcurrieron las bodas más importantes de mi vida. Lo que sí me pareció verdaderamente escalofriante fue una anécdota que me contó sobre una compañera suya de trabajo de quien mi cuñada ha tenido que actuar como testigo porque, literalmente, todas las demás amigas y compañeras de la susodicha se han negado en redondo. Como le soltó una de estas presuntas amigas, “no puedo ir de testigo de tu boda porque eso iría contra mis principios”.
Ignoro a qué principios, si políticos, morales o sentimentales, apelaba esta individua. No, desde luego, al respeto y el cariño que, suponía yo, están en la base de toda verdadera amistad. Porque la amistad es uno de esos hermosos escenarios vitales en los que, muy a menudo, nos vemos obligados a tragarnos palabras, dejar de lado teorías y aparcar tozudas convicciones personales en atención a la fuerza superior del afecto, que todo lo borra o lo minimiza o por lo menos lo desdramatiza. Quien no lo hace así traiciona, pienso yo, un silencioso pacto de generosidad que nunca debería violentarse, o, peor aún, lo sacrifica en el dudoso altar del culto al propio ego.
Me aterra, me sigue aterrando, toparme con gente tan encantada de haberse conocido: gente cuyos misteriosos “principios”, forjados a saber por qué manos en alguna oscura edad de su historia identitaria, les dictan de continuo respuestas unívocas y tajantes a los diversos misterios, adversidades y peripecias que la vida les pone por delante. Me aterra esa obtusa convicción en el maldito y satisfecho lema “es que yo soy así” (y así seguiré, y nunca cambiaré); su falta de perspectivas, de relativismo, de ironía para consigo mismo: cómo es posible que haya aún quien se tome tan en serio, me pregunto.
Hasta ahí todo me parece muy sano, y no especialmente moderno si pienso en cómo transcurrieron las bodas más importantes de mi vida. Lo que sí me pareció verdaderamente escalofriante fue una anécdota que me contó sobre una compañera suya de trabajo de quien mi cuñada ha tenido que actuar como testigo porque, literalmente, todas las demás amigas y compañeras de la susodicha se han negado en redondo. Como le soltó una de estas presuntas amigas, “no puedo ir de testigo de tu boda porque eso iría contra mis principios”.
Ignoro a qué principios, si políticos, morales o sentimentales, apelaba esta individua. No, desde luego, al respeto y el cariño que, suponía yo, están en la base de toda verdadera amistad. Porque la amistad es uno de esos hermosos escenarios vitales en los que, muy a menudo, nos vemos obligados a tragarnos palabras, dejar de lado teorías y aparcar tozudas convicciones personales en atención a la fuerza superior del afecto, que todo lo borra o lo minimiza o por lo menos lo desdramatiza. Quien no lo hace así traiciona, pienso yo, un silencioso pacto de generosidad que nunca debería violentarse, o, peor aún, lo sacrifica en el dudoso altar del culto al propio ego.
Me aterra, me sigue aterrando, toparme con gente tan encantada de haberse conocido: gente cuyos misteriosos “principios”, forjados a saber por qué manos en alguna oscura edad de su historia identitaria, les dictan de continuo respuestas unívocas y tajantes a los diversos misterios, adversidades y peripecias que la vida les pone por delante. Me aterra esa obtusa convicción en el maldito y satisfecho lema “es que yo soy así” (y así seguiré, y nunca cambiaré); su falta de perspectivas, de relativismo, de ironía para consigo mismo: cómo es posible que haya aún quien se tome tan en serio, me pregunto.
3 comentarios:
Hum... No sé cómo sería el asunto de la testigo de boda en cuestión, pero también se me ocurre otra perspectiva: ¿qué amigo es el que pide a otro amigo que violente las cosas en las que cree sólo para darle gusto? ¿Quién tiene más ego? En el fondo, ¿no es un "sigue mis principios y no los tuyos"?
Yo tampoco conozco el asunto de esa boda concreta, pero puedo imaginarme alguna situación en la que claramente no está en juego la lucha de egos. Si voy a casarme con otro hombre y le pido a un amigo que actúe de testigo y me responde que "por principios" (porque no cree que dos hombres deban casarse) no lo hará, ¿encima tengo que sentirme mal, como si fuese yo el mal amigo que le impone sus principios al homófobo en cuestión? Insisto en que es un simple ejemplo, no sé qué clase de "principios" están en juego en el asunto que dio origen al post. Me parece que habría que poner el acento en cómo lo que se considera democrático y de buen gusto es respetar cualesquiera "principios" sólo por serlo. Me recuerda a aquel comentario de Walter ("El gran Lebowski") contra el nihilismo: "Dirás lo que quieras sobre el nacionalsocialismo, pero al menos era una ideología".
Queridos ambos, de la boda en cuestión sé tanto como vosotros, uséase, lo que ya conté. A mí lo que me fascinó (e indignó) de la anécdota es que alguien fuera capaz de formular un "principio" anti-matrimonial de rango absoluto y universal (joer, era una boda civil, por el juzgado, no un matrimonio polígamo o una boda por poderes con un adolescente...) cuyo acatamiento lo llevara a dejar a un lado el vínculo afectivo de la amistad. A mi jucio, hay dos opciones, acaso compatibles: uno, eso no es un principio, sino un prejuicio (¿qué demonios de creencia hay detrás de ello?); dos, eso no es un amigo, es un imbécil.
Y, por supuesto, coincido con el jefe en repudiar esa infecta corrección política según la cual todo principio, toda creencia o toda idea, es tolerable por el hecho de ser tal (cosa dudosa -el que sean ideas, vaya- en muchos casos, sin ir más lejos éste de la amiga anti-bodas).
Abrazos, amigos (¿hasta que la boda nos separe?)
Publicar un comentario