9 dic 2009

Invisible (al cuadrado)



Lo bueno de tener colegas inteligentes es que le ahorran a uno muchos esfuerzos baldíos; lo malo es que, de tan apabullantes como a veces resultan, uno incurra en la dejadez de ahorrarse pensar.

Por ejemplo: sé que cuando acabe de ver las nueve horas de Shoah, de Claude Lanzmann, no invertiré un segundo en intentar decir nada inteligente al respecto: me limitaré, como mucho, a enlazar el titánico artículo que publicó en su día el delirante Roberto Amaba en su bitácora. Otro ejemplo: ahora que estoy a punto de enterrar Invisible en la estantería, sé que podría ahorrarme perfectamente el esfuerzo de pensar por escrito sobre ella y limitarme a enlazar la última entrada del escoliasta, felizmente rescatado para la ocasión, remitiendo allá a quien quiera que desee leer un análisis modélico, exhaustivo, irreprochable y no poco lúcido sobre la última de Auster.

Hace poco más de un año entoné aquí, a propósito de Un hombre en la oscuridad, una suerte de réquiem u oración de despedida por quien, apenas un par de años antes, había sido uno de mis escritores de cabecera. Esto último tiene poco mérito: Auster es, incluso en sus peores momentos (incluso en Viajes por el scriptorium, sí), uno de esos narradores que merece, sin atenuantes, el calificativo de legible. En efecto, por defectuosa que resulte la trama, o discutibles que parezcan sus puntos de vista (y así sucede, pienso, con sus tres o cuatro últimas novelas), siempre hay algo en sus páginas –una suerte de arrebatada ventolera de inspiración- que obliga a consumirlas con glotonería. Auster no se lee, se devora: sus novelas no duran más de un par de días, no se postergan, no se amontonan en la mesita; vienen y van de las manos a la estantería en un suspiro que hace dudar, en realidad, si mereció la pena gastar los euros que se gastaron en ellas, tan fugaz es el aliento de su vida en nuestras vidas.

Esto, por sí mismo, ya supone un valor indiscutible. Y de ello, de nuevo, no adolece Invisible, pese a ser algo más larga y ambiciosa que Un hombre… Otra cosa muy distinta es que esa liviandad expresiva devenga ligereza emotiva: que sus novelas últimas se desvanezcan entre los dedos no implica, en este sentido, que hayan logrado arrancar muesca o destello alguno en la memoria a largo plazo, algo que las convierta en perdurables más allá de su gozoso disfrute en cuanto textos narrativos considerados en su pura fisicidad de mecanismo de abstracción temporal. Que su consumo implique, literalmente, su consunción; o que Invisible como novela merezca, muy a su pesar, no otro calificativo que su propio título.

Afortunado o no (hoy no doy para más), el juego de palabras aspira a trascender el mero estatuto de divertimento, o de titubeante salida por la tangente. Quede, pues, como sinécdoque de una lectura tan placentera como inorgánica, tan urgente como indiferente (así que, al final, me he ahorrado pensar). Eso sí: las exequias continúan; seguiremos honrando el cadáver.

2 comentarios:

Javier Roma dijo...

Ya te dije que en el comentario que le hice a la novela me parecía haberme dejado llevar por un cierto entusiasmo o prurito interpretativo que me había hecho obviar sus debilidades y que tendría que hacer una cara B o contracrítica en la que le diese un poco de caña. Bueno, tú me la ahorras. Sin duda, lo mejor está al principio, en la manera de plantear la situación inicial y luego también la intensidad que se alcanza en la relación incestuosa de los dos hermanos y con el que había muerto. Lo demás, poco más o menos, un remix austeriano para hacer relleno y cumplir su cita regular con los incondicionales.
N.B. No deja de ser curioso el hecho de que Auster se haya siempre reclamado de una cierta poética del silencio, ya se sabe, la dificultad para arrancar de su sima las palabras, cómo estas han sido extraídas tras un esfuerzo titánico, la resonancia de los espacios en blanco que las rodean, etc. Bueno, habrá que convenir que es un silencio muy prolífico y que su prosa cae en la flacidez retórica, cuando no en los clichés más inanes, con una reiteración preoucupante. Si tantos trabajos dan como resultado sintagmas a lo Danielle Steele como "la misteriosa sabiduría gala en lo que atañe a la esencia de la feminidad" o este otro (con acompañamiento de golpes de pecho) de "horrorosas, implacables verdades", es que algo anda definitivamente mal.

Ismael Piñera Tarque dijo...

No tengo la impresión de que tu comentario sea entusiasta, ni mucho menos. En cuanto a juicios de valor me parece más bien tibio, decantado en todo caso por el análisis, la reunión significativa de ingredientes dispersos... Terreno en el cual, insisto, me parece modélico.

El primer sintagma que citas es muy gracioso, sí; el segundo, en cambio, no lo ubico, y por eso mismo así sin más tampoco acaba de parecerme tan terrible. Será que mis últimas lecturas (ambos sabemos) me han dejado la manga ancha por lo que respecta a a golpes, redobles, mandobles y descargas completas de fusilería retórica.