
Si lo he ententendido bien (que creo que sí), y por mucho que, a tenor de su comentario de ayer, me censure el delirante, no tengo más glosa para el capítulo final de Lost que mi admiración incondicional.
Eso sí, si me dispusiera a explayarme, seguramente tendría la precaución de subrayar hasta qué punto mis juicios vendrían dictados por una lectura de corte emocional, ajena, por descontado, a narratologías o semióticas. Han sido muchos capítulos, muchas tardes, casi cuatro años de fidelidad variable, desde el entusiasmo pueril por las primeras temporadas (cuyo punto álgido lo constituyó, y lo sigue haciendo, el espléndido cierre de la tercera) hasta la tolerancia condescendiente con las penúltimas (la cuarta y quinta), a lo largo de las cuales no pocas veces llegué a sentirme al borde del descreimiento, a punto de perder la fe.
En este sentido, la sexta logró casi desde el primer momento devolvernos algo de aquella ilusión primeriza, de aquella infantil fascinación con la que consumíamos (allá por 2007) hasta cuatro y cinco capítulos de un tirón, felizmente enrolados en ese torbellino de hipótesis, misterios, flashbacks y tiempos muertos a cuya delicada, casi matemática combinatoria, debe la serie las hordas de adeptos que luego hemos asistido a sus flojedades, distensiones o inverosimilitudes (sí, inverosimilitudes) dispuestos a perdonarlo todo. Quizá fuera la inminencia del fin (antes que el fin mismo, por seguir aristotélicos) lo que ha dotado a este último racimo de capítulos, ahora, de esa especial tensión que bien podría llamarse alegría narrativa, un estado de gracia al que a veces acceden los grandes relatos, y que por ende arrastra a sus consumidores a un pacto de felicidad en el que resulta obsoleto el juicio estético o la ponderación intelectual.
Aun así, muchos son los valores plásticos y narrativos del capítulo final; especialmente emocionante resulta, en este sentido, el recurso al paralelismo con el capítulo piloto y la consecución, así, de un perfecto cierre circular. Será facilón en el papel, y acaso repudiable en el análisis, pero semejante rima, que instala al tiempo una delicada metáfora con la paralela labor del espectador que ha permanecido fiel a la serie desde aquel lejano capítulo cero (el ojo que se abre, el ojo que se cierra con una sonrisa de satisfacción y un punto de tristeza...) es, permítanmelo, de una hermosura casi insoportable en la pantalla. Para no ser menos, la temporada cierra con el último trampantojo de tantos: lo que creímos, durante dieciséis capítulos, un mundo posible para el reencuentro, el cierre de las heridas y la apuesta por un futuro libre del estrés postraumático de los años en la isla, desvela finalmente su estatuto incierto, casi de limbo ulterior, que viene a reafirmar la efectividad fenomenológica de todo cuanto nos resistimos a creer: la muerte de tantos, terminando por el propio Jack (de justicia si, como leí alguna vez por ahí, estaba previsto que su personaje falleciera... nada menos que en el piloto), esas muertes no han sido un sueño, una ilusión enmendable por la magia de la ficción. Curiosamente, Perdidos termina así como una serie realista: no existe la posibilidad de un gesto taumatúrgico final, de un halagador pero costosísimo happy ending que soslaye lo insoslayable.

La iluminación, en mi caso, la da una frase de Kate, cuando le dice a Jack (al Jack que está a punto de comprenderlo todo) "cuánto te he echado de menos". Y yo, que tanto me enfadé cuando Kate se lió con Sawyer, y tantas veces esperé oírlos decirse lo que finalmente se dicen antes de despedirse en la isla, yo, me echo a temblar: o sea que no hubo posible reencuentro, o sea que ese amor suyo, siempre dilatado por culpa de las islas y los planes y la dichosa manía de Jack de querer arreglarlo todo ("to fix" es su verbo principal), no encontró lugar ni tiempo posible para suceder; la vida transcurrió, y no hay realidades paralelas o conmutaciones facilonas del relato fantástico en comedia romántica. Sólo, eso sí, la posibilidad final de una despedida en la sala de espera del más allá, antes del último vuelo de los Oceanic. Ésa es la única fantasía, realmente, del cierre de la serie.
Porque, como tampoco podía ser de otra manera, este final es una larga despedida, nuevo paralelismo con la simultánea tarea del espectador obligado, quiéralo o no, a decir adiós a esta turbulenta familia digital que hemos tenido la suerte de disfrutar tantos años. Y sí, hay cámara lenta, y música sentimentalona, y qué: funciona, y apetece soltar lágrimas y palmear nosotros también el hombro de Sawyer, la espalda de Hugo Reyes, sentarnos un ratito más con ellos antes de cruzar el pasillo y salir por la puerta hacia la luz... Antes del fundido en blanco, antes de "pasar pagina", como le dice su padre a Jack, como nos dice la serie a todos.
Allí sigo yo, al menos, sentado todavía ante el televisor apagado, con el ojo de la memoria aún abierto a los memorables planos finales, negándome a decir adiós.

1 comentario:
http://www.youtube.com/watch?v=wkQIJWh7MI8
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