14 sept 2010

Yo he venido aquí a hablar de mis libros (perdón, mis manuscritos)


Qué cosas pasan.

Resulta que me acabo de enterar, a toro más que pasado (va para tres meses), de que un texto que había remitido al premio Casino de Mieres de este año quedó, al parecer, en segundo lugar. No vi la noticia en su día, desde luego, ni por lo visto nadie que yo conozca (o, en todo caso, nadie a quien se le ocurriera comentármelo).

Confieso que el Casino de Mieres siempre me ha atraído, dejando a un lado su renombre (y a otro lado su dotación, que siempre ayuda), por la posibilidad de volver a publicar algo en KRK, la editorial que suele dar salida al premio y en cuya colección de narrativa ya se coló Juegos de artificio a cuenta del Asturias Joven, allá por 2003. Es muy sencillo: me gustan sus libros, y me gustan las compañías de su catálogo, en el que cohabitan varios escritores a los que admiro, estimo, tengo cariño o simplemente envidio. En fin, queda para otra vez.

Pero lo gracioso no es tanto lo anterior (fruslerías, al fin y al cabo) como el hecho de que no había vuelto a abrir ese original, el primero que logré concluir –hará un par de años- tras la atonía posterior a La falsa memoria, hasta, precisamente, esta semana, cuando me dio por pensar que quizá un buen lavado de fondos no le sentaría mal de cara a próximas convocatorias. Nunca me quedé del todo convencido con el resultado final, que había dado por zanjado a fuerza de cansancio y falta de paciencia, atraído como me sentía por otros proyectos a mi juicio de entonces (no al de ahora) bastante más excitantes. Al Casino se fue, de hecho, sin releerlo: abrí el documento, lo volví a maquetar un poco, y pista.

Ahora, en cambio, llevo tres o cuatro días tachando adjetivos y subordinadas, tres o cuatro días sintiendo esa mezcla de repulsa, pánico y placer que acompaña siempre al proceso de relectura. Y entonces un gogleo afortunado me llevó hasta aquí.

Ya lo sé, es un mínimo refrendo. Pero qué le voy hacer. Presta.

2 comentarios:

Roberto Amaba dijo...

Hola,

En un -vano- intento por refinar mi prosa apocalíptica, he llegado a identificar eso de tachar adjetivos con intentar comer bien.

Es como renunciar a un bollo de chocolate para tomarse una fruta. Con la diferencia de que el adjetivo también es cosa del lector. Si el lector echa de menos un adjetivo, tal vez -casi seguro- sea su culpa, su vicio. Siempre que lo anterior vaya bien compuesto, claro.

Cuando se tacha uno debería ser para no poner otro, porque el sustituto puede terminar siendo peor. Al menos es lo que intento... sin lograrlo.

Habla algún día de las comas que son todavía peores xD.

Un abrazo.

Xandru Fernández dijo...

Pues enhorabuena, compañero. Acuérdate de que Onetti quedó el segundo en el premio Biblioteca Breve frente a Vargas Llosa y piensa en su comentario al respecto: "No me extraña que ganara Mario. En las dos novelas había un prostíbulo, pero el suyo tenía un piano".
Un abrazo.