17 ene 2012

El tejedor


Tras una nueva decepción, el tejedor consideró seriamente la posibilidad de abandonar para siempre su trabajo en la corte, pero luego se lo pensó mejor y decidió que aún podía realizar un último intento para llamar la atención del soberano y lograr su aplauso, hasta entonces siempre esquivo (pues, ante cada nueva obra suya, el monarca jamás esbozaba otro gesto que un desdeñoso mohín de hartazgo). Así pues, se encerró en su taller, hizo acopio de los hilos más ricos y raros que encontró y, tras largos meses de abrumado ensimismamiento e incansable labor, dio por terminado el que de inmediato juzgó -con un estremecimiento de placer- como el más hermoso, terrible y llamativo de todos los tapices, propios o ajenos, que hubiera visto en su larga vida de artesano. 
Por una vez, mientras se inclinaba ante el meticuloso brocado, algo pareció estremecer el rictus del rey. Tan solo un breve parpadeo. Luego se giró hacia el tejedor y, contemplándolo como si lo viera por vez primera, musitó,
-Me gusta. 
Y, con un taconazo, desapareció del taller seguido del habitual revuelo de cortesanos. Al rato, un ayudante de cámara volvió dispuesto a ejecutar al punto una orden real, recién cursada: la orden de quemarlo. 





No hay comentarios: