Soñé que conducíamos de noche con las luces apagadas, aunque no a mucha velocidad, por una pequeña carretera comarcal punteada de suaves curvas, pendientes y rasantes que aderezaban con notable buen gusto el recorrido, dotándolo de la dulzona cualidad de un fluido.
Y recuerdo que nos embargaba, sobre todo, un eufórico sentimiento de impunidad cuando, en medio de una curva, nos cruzábamos -apenas sin ser vistos- con algún vehículo que circulara en dirección contraria, o bien atravesábamos como una flecha silenciosa los cercos de luz que derramaban sobre el asfalto las farolas de un villorrio cualquiera. Una alegría desconocida, irresponsable y -cómo decirlo- muy poética.
Quisiera no haber despertado nunca.
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