La lechera se dirigía al mercado, con una jarra recién ordeñada en
la cabeza. Como es sabido, caminaba tan abstraída en sus elucubraciones (con el
dinero que le dieran por la jarra –pensaba- compraría un canasto de huevos, y luego
el beneficio de los pollitos le daría para un cerdo o, según otra versión, para
un vestido nuevo que le abriría las puertas a un matrimonio ventajoso, etc.)
que de pronto dio un traspiés y su preciosa carga se le cayó al suelo, haciéndose
añicos el continente y derramándose en balde el contenido.
Cuando, con lágrimas en los ojos y maldiciendo para sus
adentros, se arrodilló para recoger los pedazos de loza, un destello llamó su
atención, y luego otro, y luego otro.
Y así fue como, de la noche a la mañana, abandonó su modestísima
explotación agropecuaria por el título de propiedad de una fabulosa mina de oro,
y, después de años defendiendo las virtudes del trabajo honrado, abrazó el
capitalismo.
1 comentario:
cuantas veces se nos habrán caído destrozándose las ilusiones de la cabeza.
Abrazos
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