2 feb 2012

Mal sabor

Nadie lo había obligado a soñar aquel estúpido sueño: él solito se empeñó en hacerlo contradiciendo toda lógica y toda mesura. Para rematar, y dado que era un estúpido perfeccionista, lo soñó con todo detalle. Le salió, así, un sueño impecable, perfecto, un sueño en alta definición entre cuyas blanduras habitó largas semanas mientras el invierno hacía de las suyas al otro lado del ventanal.

Pero claro, un día llegó el momento de despertar. Y entonces no supo a quién echar la culpa sino a sí mismo, y a su estúpido gusto por el detalle veraz. Le había salido, en suma, un sueño demasiado verosímil.  Para colmo, a la inmediata nostalgia por el derrumbe de tan hermosa arquitectura se vio obligado a añadir, sin tregua, el regusto algo arenoso que siempre trae consigo la realidad.

Desde entonces anda con mal sabor de boca.


No hay comentarios: