La reputación sin tacha de la
academia alcanzaba los confines del imperio. Todos los alumnos que habían
pasado por su ágora despuntaban en altos cargos del imperio, o capitaneaban los
más florecientes negocios de ultramar. Las familias nobles se disputaban con ardor
las escasas vacantes, y el favor imperial resultaba con frecuencia decisivo en
el ingreso de novicios de tal o cual apellido.
El programa de la academia era muy
sencillo. Durante largos semestres cada alumno era versado en los más elevados
principios, los más hermosos conceptos, las más excelsas virtudes; dominaba el
arte de la retórica, las leyes de la poética, los silogismos de la política.
Pero el momento decisivo lo constituía el último examen, aquel que todos sin
excepción debían pasar antes o después. Llegado el momento, cada aspirante elegía
a uno de los maestros del claustro y, a continuación, durante una discreta ceremonia,
consentía bajo juramento en que dicho padrino le cortara la lengua de un limpio
tajo. La mutilación consentida tenía un alto valor simbólico, pero ante todo un
notable rédito práctico: nunca más en su vida podrían los estudiantes apelar a
uno solo de los principios, las estratagemas y las florituras dialécticas en
cuyo dominio habían empeñado lo mejor de su juventud. Tal era la mayor y mejor
lección de la academia.
La academia ostentaba, por
cierto, una última garantía: si un alumno manifestaba renuencia a pasar el
examen era forzado a ello aun en contra de su voluntad, con la salvedad de que,
en tal caso, la mutilación se producía a la altura del cuello.
Hileras e hileras de bustos
cariacontecidos decoraban los frisos del ágora en cuyo umbrío perímetro tenían
lugar las lecciones de los maestros.
2 comentarios:
Pero todo eso cambió un buen día en que un grupo de alumnos unidos se negó a someterse a su prueba de graduación.
Las autoridades académicas no daban crédito porque los actos de rebeldía siempre habían sido individuales y por tanto fácilmente reprimibles.
Convocaron a los alumnos díscolos a su despacho. No podéis, dijeron, tirar por la borda vuestro esfuerzo de años. Es sólo una pequeña prueba fácil de afrontar, fácil de digerir; y luego, el mundo se abrirá ante vosotros.
Para su sorpresa, ni las mullidas alfombras, ni las impresionantes poltronas, ni el atrezzo del poder hicieron mella en los muchachos.
Llamaron entonces a sus padres. Están arruinando su futuro, dijeron. Y algunos padres les creyeron, pero no todos. No quiero que mi hijo sea un magnate, ni una autoridad, ni un jefe, ni director general. Quiero que conserve su lengua, que sea feliz, honesto y que pueda vivir consigo mismo. Señora, es usted una irresponsable. ¿Cree que tengo yo algo de eso? Vea , sin embargo, adónde he llegado.
Inesperadamente, muchos profesores empezaron a cuestionar el sistema y la mayoría se negaron a participar en la cruenta ceremonia. No se sintieron capaces de arruinar de un tajo lo que con tanto esfuerzo habían logrado.
Y ese año a pesar de todo hubo graduación, pero los estudiantes conservaron su lengua y sus cabezas.
Vale, a eso lo llamo yo enmendar la plana... Conste que me gusta más tu final. Mucho más.
Publicar un comentario