21 feb 2012

La academia


La reputación sin tacha de la academia alcanzaba los confines del imperio. Todos los alumnos que habían pasado por su ágora despuntaban en altos cargos del imperio, o capitaneaban los más florecientes negocios de ultramar. Las familias nobles se disputaban con ardor las escasas vacantes, y el favor imperial resultaba con frecuencia decisivo en el ingreso de novicios de tal o cual apellido.    

El programa de la academia era muy sencillo. Durante largos semestres cada alumno era versado en los más elevados principios, los más hermosos conceptos, las más excelsas virtudes; dominaba el arte de la retórica, las leyes de la poética, los silogismos de la política. Pero el momento decisivo lo constituía el último examen, aquel que todos sin excepción debían pasar antes o después. Llegado el momento, cada aspirante elegía a uno de los maestros del claustro y, a continuación, durante una discreta ceremonia, consentía bajo juramento en que dicho padrino le cortara la lengua de un limpio tajo. La mutilación consentida tenía un alto valor simbólico, pero ante todo un notable rédito práctico: nunca más en su vida podrían los estudiantes apelar a uno solo de los principios, las estratagemas y las florituras dialécticas en cuyo dominio habían empeñado lo mejor de su juventud. Tal era la mayor y mejor lección de la academia.

La academia ostentaba, por cierto, una última garantía: si un alumno manifestaba renuencia a pasar el examen era forzado a ello aun en contra de su voluntad, con la salvedad de que, en tal caso, la mutilación se producía a la altura del cuello.

Hileras e hileras de bustos cariacontecidos decoraban los frisos del ágora en cuyo umbrío perímetro tenían lugar las lecciones de los maestros.


2 comentarios:

Cruz Rodil dijo...

Pero todo eso cambió un buen día en que un grupo de alumnos unidos se negó a someterse a su prueba de graduación.
Las autoridades académicas no daban crédito porque los actos de rebeldía siempre habían sido individuales y por tanto fácilmente reprimibles.
Convocaron a los alumnos díscolos a su despacho. No podéis, dijeron, tirar por la borda vuestro esfuerzo de años. Es sólo una pequeña prueba fácil de afrontar, fácil de digerir; y luego, el mundo se abrirá ante vosotros.
Para su sorpresa, ni las mullidas alfombras, ni las impresionantes poltronas, ni el atrezzo del poder hicieron mella en los muchachos.
Llamaron entonces a sus padres. Están arruinando su futuro, dijeron. Y algunos padres les creyeron, pero no todos. No quiero que mi hijo sea un magnate, ni una autoridad, ni un jefe, ni director general. Quiero que conserve su lengua, que sea feliz, honesto y que pueda vivir consigo mismo. Señora, es usted una irresponsable. ¿Cree que tengo yo algo de eso? Vea , sin embargo, adónde he llegado.
Inesperadamente, muchos profesores empezaron a cuestionar el sistema y la mayoría se negaron a participar en la cruenta ceremonia. No se sintieron capaces de arruinar de un tajo lo que con tanto esfuerzo habían logrado.
Y ese año a pesar de todo hubo graduación, pero los estudiantes conservaron su lengua y sus cabezas.

Ismael Piñera Tarque dijo...

Vale, a eso lo llamo yo enmendar la plana... Conste que me gusta más tu final. Mucho más.