Uno de los géneros menores que con mayor frecuencia practica mi avatar docente es, sin duda, la ficha. Ninguna de las acepciones del DRAE recoge, por cierto, el sentido exacto que tiene el vocablo en el contexto escolar, a saber, folio o folios que se entregan al alumnado en fotocopia (o se adjuntan en un e-mail o se cuelgan en pdf en un aula virtual, cuidado, que también somos 2.0) sea con resúmenes, esquemas, ampliaciones de contenido, ejercicios de refuerzo... Viendo los deberes que le ponen en el cole a mi sobrino de tres años, así denominados, creo entender de dónde viene el equívoco semántico, pero eso es lo de menos. Lo de más es que mi disco duro (como el de tantos de mis colegas) hace años que sufre una auténtica inflación de tales documentos, que para colmo se reescriben, amplían, corrigen o cortapegan de año en año según sople el viento en cada clase.
El caso es que, pese a su peculiar contextura pragmática, uno a veces puede sentirse tanto o más orgulloso de determinada ficha que de un folio explícita y voluntariamente escrito al amparo de géneros "mayores", al menos en sentido "intelectual" (un relato, una reseña, un artículo... entre muchas comillas, sí). E, indudablemente, las dosis de paciencia, mimo e ilusión con que se abordan unos u otros textos no difieren sino es para bien de aquellos. Por eso, amén de alivio de mi disco duro y posible contento de googleadores, voy a iniciar la publicación de una serie "fichas" a inaugurar con un texto kafkiano, que en eso andamos mis alumnos de bachillerato y yo. Ahí queda.
Referencias a la
redacción de La metamorfosis
en el epistolario de
Franz Kafka y Felice Bauer
(del 17 de noviembre al 6 de diciembre de 1912)
Hoy seguro que te escribiré otra vez, pese a que he de
hacer muchos recados y a que tengo que escribir un cuento que me ha venido a la
mente en la cama, en plena aflicción, y que me asedia desde lo más hondo de mí
mismo.
Mi amor, es la una y media de la madrugada, la historia
anunciada no está, ni de lejos, terminada, en cuanto a la novela, hoy no he
escrito ni una línea, me voy a acostar con poco entusiasmo.
Inequívocamente aguijoneado por la desesperación, acabo de
ponerme a trabajar en mi cuento de ayer, con un ansia ilimitada de derramarme
en él. Obsesionado por tantas cosas, en la incertidumbre respecto a ti,
absolutamente incapaz de encajar en la oficina, deseando locamente –en lo que
respecta a mi novela, que está parada desde hace un día- proseguir con mi nuevo
cuento, que me apremia igualmente; en plena –desde hace varios días y varias
noches- crisis de insomnio casi total, que me inquieta…
¡Querida, Dios mío, cómo te quiero! Es ya muy de noche, he
dejado el cuento, en el que, por otro lado, hace ya dos noches que no trabajo
nada, y que calladamente está empezando a crecer y convertirse en una historia
de más envergadura. ¿Dártela a leer? ¿Cómo hacerlo? Ni aunque estuviera
terminada. Está escrita de un modo sencillamente ilegible y aunque eso no fuera
de por sí un impedimento puesto que, ciertamente, hasta el momento no es que te
haya enviciado a base de buena letra, no obstante, no quiero enviarte nada para
que tú lo leas. Lo que quiero es leértelo yo. Sí, eso sería bonito, leerte el
cuento y, al mismo tiempo, verme obligado a tener tu mano en la mía, pues la
historia es un poco terrorífica. Se llama “la metamorfosis”·, te daría un miedo
espeluznante…
En estos momentos mi ánimo está excesivamente sombrío y
tal vez no debiera haberte escrito. También al héroe de mi cuento le han ido
hoy las cosas excesivamente mal, y ello no es sino el último escalón de su
desdicha, que se está haciendo constante. ¡Cómo voy a estar alegre, con todo
esto!
Mi amor, pero qué extremadamente repulsiva es la historia
que acabo de apartar a un lado para recuperarme pensando en ti. He avanzado ya
hasta un poco más de la mitad, y en conjunto no estoy descontento con ella,
pero en cuanto a nauseabunda, lo es de un modo ilimitado, y cosas como esas, te
das cuenta, provienen del mismo corazón en el que tú habitas y toleras como
morada. No te entristezcas por esto, pues, quién sabe, cuanto más escriba y más
me libere, más puro y digno de ti llegue quizás a ser, si bien quedan aún,
desde luego, muchas cosas en mí que es preciso echar fuera, y las noches no
podrán ser lo suficientemente largas para un quehacer, por lo demás, tan en el
más alto grado voluptuoso.
Pues sí, mi amor, hoy tengo que abandonar mi cuento, en el
que no he trabajado tanto como ayer, y dejarlo descansar entre uno y dos días
debido al maldito viaje ese a Kratzau. Es algo que lamento tanto, aunque es de
esperar que la cosa no tenga consecuencias excesivamente graves para el cuento,
cuya terminación me exigirá aún de tres a cuatro noches. Con lo de
consecuencias excesivamente graves quiero decir que el cuento se ha visto ya,
por desgracia, bastante perjudicado por mi manera de trabajar. Un relato como
este debería uno escribirlo en dos sesiones de diez horas cada una, a lo sumo
con una interrupción, así retendría la andadura natural y el ímpetu que el
domingo pasado tenía en mi cabeza. Pero dos tandas de diez horas es algo de lo
que no dispongo. De modo que tiene uno que limitarse a intentar hacer lo mejor
dentro de lo posible, ya que lo óptimo le está vedado.
No debería uno salir de viaje a ningún precio, y cuando
uno tiene en casa un trabajo que precisa de todas sus fuerzas, sería preferible
negarse a obedecer en la oficina. Esta eterna preocupación, que, por otro lado,
sigo teniendo en estos momentos, de que mi cuento ya a verse dañado por el
viaje, de que no seré capaz de escribir ya nada más, etc.
De verdad te digo, Felice, que cuando me veo aquí sentado
tan solitario en la noche, y, como hoy y ayer, no he trabajado especialmente
bien –avanzo en la escritura con apatía, vacilación e indiferencia, la
necesaria claridad arroja su luz sólo en algunos instantes, y cuando, desde
este estado de ánimo, que no es, en modo alguno, el óptimo, trato de de
imaginarme nuestro reencuentro…
Hoy [..] en la novela hace ya más de una semana que está
atascada, y el nuevo relato se encamina con certeza hacia su fin –aunque quiere
hacerme creer desde hace dos días que me he extraviado-
Además he trabajado de un modo tan lamentable que no me
merezco en absoluto dormir, de hecho debería ser condenado a pasarme el resto
de la noche mirando a través de la ventana. Lo comprendes, mi amor: escribir
mal y sin embargo, sentirse obligado a escribir si no quiere uno abandonarse a
la desesperación total.¡Tener que pagar un precio tan terrible por la dicha del
buen trabajo! No ser, en realidad, verdaderamente desgraciado, no sentir ese
aguijón fresco de la desdicha, sino posar la mirada sobre las páginas del
cuaderno repletas continuamente de cosas que uno odia, que le provocan asco o
cuando menos una melancólica indiferencia, y que no obstante es preciso
escribir para vivir. ¡Qué horror! SI pudiera destruir las páginas que he hecho
desde hace cuatro días, y destruirlas de tal forma que fuera como si nunca
hubieran existido.
Queridísima Felice, tras terminar mi lucha con el cuento
–una tercera parte, ahora ya definitivamente (con cuántos titubeos y faltas
escribo hasta acostumbrarme al mundo real), la última, ha comenzado a
perfilarse- es absolutamente preciso, mi amor, que te diga buenas noches…
Mi amor, sólo unas palabras, es tarde, muy tarde, mañana
hay mucho trabajo, por fin me he calentado un poco trabajando en el cuento, mi
corazón quiere empujarme con sus latidos a que prosiga y me adentre en este
trabajo, pero yo tengo que procurar, pese a su buena marcha, salirme de él, y como va a ser ardua tarea y
van a transcurrir horas antes de que venga el sueño, he de apresurarme a
meterme en la cama.
Mi amor, no me gustaría terminar sin decir alguna cosa
divertida, pero no se me ocurre nada que no sea forzado, además en la última
página, que tengo aquí abierta, de mi cuento, los cuatro personajes están
llorando, o por lo menos su estado de ánimo no puede ser más triste.
Mi amor, cierto que debería haberme pasado la noche entera
trabajando. Sería mi deber, pues no me falta apenas nada para terminar mi
pequeño relato, y la unidad y el fervor de unas horas de trabajo continuo le
harían in bien increíble a este final. Quien sabe, por otro lado, si seré capaz
de escribir mañana después de la lectura pública, de la que ahora maldigo. […]
Entre el escribir y la oficina me están triturando, a veces casi creo oír el
ruido de mi trituración.
Y ahora punto final. Mi cuento no me dejaría dormir, tú me
traerás el sueño a través de los ensueños.
¡Ay, mi amor, mi infinitamente querida Felice! Tal como
presentí con temor, se ha hecho ya demasiado tarde para seguir con el cuento,
tendrá que quedarse hasta mañana noche sin terminar, contemplando el
firmamento…
Llora, mi amor, llora, ¡ha llegado el momento de llorar!
El héroe de mi cuento ha muerto hace un rato. Si ello te consuela, te diré que
ha muerto bastante apaciblemente y reconciliado con todos. La historia
propiamente dicha aún no está terminada, la verdad es que no me quedan ganas de
seguir con ella y dejo el final para mañana. […] Lástima que mis estados de
fatiga y otras interrupciones y zozobras ajenas al texto hayan quedado
claramente marcadas en algunos pasajes del relato, el cual hubiese podido tener
una elaboración más pura, en las páginas más dulces es precisamente donde esto
se hace visible. Este y no otro es el sentimiento que me mortifica eternamente;
yo, con las fuerzas creadoras que siento en mi interior, y dejando totalmente
aparte su intensidad y duración, hubiese podido llevar a cabo, en condiciones
de vida más favorables, un trabajo más puro, más convincente, más organizado
que el producido hasta ahora.
Escucha, querida, mi pequeña historia está terminada, sólo
que no estoy contento del todo con el final que me ha salido hoy, hubiese
podido ser mejor, de eso no hay duda.
Franz Kafka, Cartas
a Felice (I). 1912. Madrid, Alianza, 1977 (pp. 99-159)
No hay comentarios:
Publicar un comentario