Los hombres dignos de fe conocen bien la historia de cómo un
rey de Babilonia afrentó a otro rey de los árabes invitándolo a pasear por su laberinto, de traza perpleja y sutil, y cómo este se vengó de aquel abandonándolo
a su vez en la mitad del desierto, donde moriría de hambre y sed.
Pero muchos ignoran que, una vez saldada la ofensa, el rey
de los árabes fue afrentado una segunda vez cuando, de vuelta a su reino, un famoso
mercader de la capital lo invitó a comer y, tras hacerse narrar la rencorosa peripecia,
se atrevió a sugerir que aún conocía él un tercer laberinto de traza más
confusa y más sutil. El rey de los árabes, incrédulo, retó al mercader a
probarlo de inmediato o, de lo contrario, pagar su irreverencia con la muerte. Y
así ocurrió. El mercader hizo servir una jarra de fortísimo café, que ambos
ingirieron en silencio, y al terminar el anfitrión acompañó a su huésped hasta
un pequeño cuarto sumido en la mayor penumbra, sin ventana ni otro mobiliario
que una basta estera tendida en el suelo. Luego, blandiendo un pañuelo que
apareció en sus manos como por arte de magia, le vendó los ojos al rey y, sin
una sola palabra, salió del cuarto y cerró la puerta tras de sí.
El rey quedó, pues, abandonado a sus pensamientos hora tras
hora, en el más pesado silencio y la más pesada oscuridad. A la noche, se
oyeron los primeros gritos. A la madrugada, un crujido como de uñas o huesos al
otro lado de la puerta. Por la mañana, apenas un balbuceo. Cuando a la tarde abrieron de nuevo el cuarto, el rey ya había enloquecido por completo.
Por cierto que el mercader fue ejecutado esa misma noche. Mientras
se lo llevaban, sonreía abiertamente.
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