El atleta que salta la última valla antes de la línea de meta sin siquiera rozarla pero que, en ese preciso momento de estar saltándola y aun a sabiendas de que ni siquiera la ha rozado, imagina que, indefectiblemente, tropezará en ella y entonces todo se irá al traste porque así debe ser y porque para eso, en realidad -y nunca para otra cosa- ha estado preparándose toda su vida; el atleta que, una vez superada esa última valla sin siquiera haberla rozado, cree oír un chasquido a sus espaldas y, al mirar por encima del hombro, ve la la valla tumbada en el suelo; el atleta que sonríe y pierde una carrera para la que nunca, en realidad, se había preparado; el atleta que descansa.
2 abr 2012
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