15 abr 2012

Cálculo de estructuras


La existencia de Dios, de Miguel Barrero
(Ediciones Trea, 2012, 95 págs.)

[Aviso: esta reseña contiene spoilers]

La novela corta tal vez sea el género narrativo en que mejor se advierte el delicado cálculo de estructuras que puede ensayar un relato, en la medida en que brevedad se entienda aquí sinónimo de inteligibilidad. O dicho de otro modo, la unidad de lectura que presupone una nouvelle como La existencia de Dios, última entrega del escritor mierense Miguel Barrero, ofrece a su lector un privilegiado punto de vista sobre el escenario en cuyas tablas ejecuta todo relato su particular espectáculo: el escenario del tiempo, allí donde se gesta lance a lance, paso a paso, el milagro estético del sentido.  
Desde este perspectiva, poco importa que cada lectura particular se ejecute efectivamente de un tirón o no: lo que interesa subrayar es que la inminencia del fin, la inflexible certeza de consunción que aguarda (en este caso) a las noventa y poco páginas, impone al género una específica tensión estructural (a un tiempo afín y disímil de la del cuento corto o la novela extensa) que La existencia de Dios no sólo no ignora sino que, además, reutiliza en su favor, al proponer que el grueso del relato sea proferido por el narrador a lo largo de una única noche, una única velada (tal es, difunto incluido) en cuyo transcurso esa voz sonámbula va entretejiendo, a base de recuerdos, cartas o viejas fotografías, una demoledora pesquisa por los años centrales de su educación sentimental, haciendo recuento de los muchos pecios que deja tras de sí toda adolescencia cuando se examina -como así sucede- sin condescender en las inútiles interferencias de la nostalgia.
La relativa dispersión anecdótica y cronológica de la trama resultante, cuyos punteos recorren más de una década y trastean en escenarios diversos (Salamanca, Madrid, Gijón y un Mieres natal elevado al rango de antagonista) a fin de bosquejar la intermitente relación entre el narrador y su amigo de infancia, Pablo, que acaba de suicidarse, queda así salvaguardada no tanto por la evidente poética del recuerdo que rige la partitura, con sus síncopas y vaivenes, cuanto por el avance de nuevo inflexible de esa madrugada a cuyo término el narrador no tendrá más remedio que levantarse del escritorio y cumplir con los rigores escenográficos del duelo que, hasta ahora, ha entonado en silencioso monólogo.
De haberse detenido en este punto, La existencia de Dios se hubiera configurado, en suma, como una nouvelle de factura tan clásica como eficaz, en cuyas páginas, recorridas por una prosa afecta a la demora, el detalle minucioso o el discurso parentético (como se advertía ya en La vuelta a casa o Los últimos días de Michi Panero), el lector predispuesto a la hermenéutica sociológica hubiera encontrado no pocos argumentos para caracterizarla como el retrato amargo de una generación (la de narrador y personajes, pero también la del propio escritor) carente de mitologías, teologías y teleologías: “éramos una generación perdida porque los que habían venido antes se ocuparon a conciencia de difuminarnos todos los caminos” (p. 27).
Pero lo cierto es que Barrero añade al cuerpo central un epílogo que relega esta lectura Smells like teen spirit  –la muerte del (anti)héroe de los noventa por excelencia, Kurt Cobain, es una referencia más de la novela– a un segundo plano o, al menos, contrapesa su empaque con un quiebro auto/metafictivo nada desdeñable. Este último desplazamiento en las placas tectónicas del relato enfatiza, en primer lugar, lo que cualquier lector de ficciones sabe pero, al tiempo, acepta ignorar, esto es: que todo lo leído hasta el momento no ha sido sino una gran maniobra de camuflaje, un perverso juego de espejos deformantes a cuyo término lo real importa mucho menos que lo figurado. Y, en segundo lugar, esa escena de zombis involuntarios ofrece tal vez el corolario de La existencia de Dios, cuando, a la perpleja pregunta que un redivivo Pablo le formula (“¿por qué se te ha ocurrido hablar de mí?”), el narrador Miguel Barrero responde, sin pensarlo, “porque hablar de ti […] fue la mejor manera que se me ocurrió de hablar de mí” (p. 93).
Por cierto que, entre otras, Barrero encabeza la novela con la siguiente cita de Salinger: “la vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego”, pero a su término La existencia de Dios parece más dispuesta a recordarnos que algo así sucede con el juego de la ficción; con la salvedad de que, en este, a cada nueva partida se pueden reinventar las reglas y, por supuesto, urdir considerables trampas, siempre que salgamos -como es el caso- ganando con ello. 

El Cuaderno de La voz de Asturias, nº  26 (15 de  abril de 2012)  




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