La existencia de Dios, de
Miguel Barrero
(Ediciones
Trea, 2012, 95 págs.)
[Aviso:
esta reseña contiene spoilers]
La novela corta tal vez sea el género narrativo en que mejor se advierte
el delicado cálculo de estructuras que puede ensayar un relato, en la medida en
que brevedad se entienda aquí sinónimo de inteligibilidad. O dicho de otro
modo, la unidad de lectura que presupone una nouvelle como La existencia
de Dios, última entrega del escritor mierense Miguel Barrero, ofrece a su
lector un privilegiado punto de vista sobre el escenario en cuyas tablas
ejecuta todo relato su particular espectáculo: el escenario del tiempo, allí
donde se gesta lance a lance, paso a paso, el milagro estético del sentido.
Desde este perspectiva, poco importa que cada lectura particular se
ejecute efectivamente de un tirón o no: lo que interesa subrayar es que la
inminencia del fin, la inflexible certeza de consunción que aguarda (en este
caso) a las noventa y poco páginas, impone al género una específica tensión
estructural (a un tiempo afín y disímil de la del cuento corto o la novela
extensa) que La existencia de Dios no
sólo no ignora sino que, además, reutiliza en su favor, al proponer que el
grueso del relato sea proferido por el narrador a lo largo de una única noche,
una única velada (tal es, difunto
incluido) en cuyo transcurso esa voz sonámbula va entretejiendo, a base de
recuerdos, cartas o viejas fotografías, una demoledora pesquisa por los años
centrales de su educación sentimental, haciendo recuento de los muchos pecios
que deja tras de sí toda adolescencia cuando se examina -como así sucede- sin
condescender en las inútiles interferencias de la nostalgia.
La relativa dispersión anecdótica y cronológica de la trama resultante, cuyos
punteos recorren más de una década y trastean en escenarios diversos
(Salamanca, Madrid, Gijón y un Mieres natal elevado al rango de antagonista) a
fin de bosquejar la intermitente relación entre el narrador y su amigo de infancia,
Pablo, que acaba de suicidarse, queda así salvaguardada no tanto por la
evidente poética del recuerdo que rige la partitura, con sus síncopas y
vaivenes, cuanto por el avance de nuevo inflexible de esa madrugada a cuyo
término el narrador no tendrá más remedio que levantarse del escritorio y cumplir
con los rigores escenográficos del duelo que, hasta ahora, ha entonado en
silencioso monólogo.
De haberse detenido en este punto, La
existencia de Dios se hubiera configurado, en suma, como una nouvelle de factura tan clásica como eficaz,
en cuyas páginas, recorridas por una prosa afecta a la demora, el detalle
minucioso o el discurso parentético (como se advertía ya en La vuelta
a casa o Los últimos días de Michi
Panero), el lector predispuesto a la hermenéutica sociológica hubiera
encontrado no pocos argumentos para caracterizarla como el retrato amargo de
una generación (la de narrador y personajes, pero también la del propio
escritor) carente de mitologías, teologías y teleologías: “éramos una generación
perdida porque los que habían venido antes se ocuparon a conciencia de
difuminarnos todos los caminos” (p. 27).
Pero lo cierto es que Barrero añade al cuerpo central un epílogo que
relega esta lectura Smells like teen
spirit –la muerte del (anti)héroe de
los noventa por excelencia, Kurt Cobain, es una referencia más de la novela– a
un segundo plano o, al menos, contrapesa su empaque con un quiebro auto/metafictivo
nada desdeñable. Este último desplazamiento en las placas tectónicas del relato
enfatiza, en primer lugar, lo que cualquier lector de ficciones sabe pero, al
tiempo, acepta ignorar, esto es: que todo lo leído hasta el momento no ha sido
sino una gran maniobra de camuflaje, un perverso juego de espejos deformantes a
cuyo término lo real importa mucho menos que lo figurado. Y, en segundo lugar, esa
escena de zombis involuntarios ofrece tal vez el corolario de La existencia de Dios, cuando, a la perpleja
pregunta que un redivivo Pablo le formula (“¿por qué se te ha ocurrido hablar
de mí?”), el narrador Miguel Barrero responde, sin pensarlo, “porque hablar de
ti […] fue la mejor manera que se me ocurrió de hablar de mí” (p. 93).
Por cierto que, entre otras, Barrero encabeza la novela con la siguiente
cita de Salinger: “la vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las
reglas del juego”, pero a su término La
existencia de Dios parece más dispuesta a recordarnos que algo así sucede
con el juego de la ficción; con la salvedad de que, en este, a cada nueva partida
se pueden reinventar las reglas y, por supuesto, urdir considerables trampas,
siempre que salgamos -como es el caso- ganando con ello.
El Cuaderno de La voz de Asturias, nº 26 (15 de abril de 2012)

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