Las ruinas del castillo se alzaban en lo alto de una loma
desamparada. Desde la distancia, su contorno resultaba indistinguible de
cualquier otro peñasco de los muchos que abomban el horizonte en esas tierras. Pero,
a medida que nos acercamos, algo en su trazado –una tozuda simetría que resultaría ocioso achacar al gusto juguetón de la naturaleza– nos convenció de hallarnos en el sitio
correcto. Tras una breve parada, echamos a andar el último tramo con vigor renovado
y mutuos aspavientos de felicidad, pero ya entonces aprecié en mi ánimo un
curioso lunar. Como si sólo entonces recordara que toda plenitud trae consigo,
a la postre, una desazón equiparable.
Esa desazón que, horas más tarde, mientras el sol
temblequeaba al borde del horizonte y una cruda brisa sacudía los matojos, nos
invadió en cuanto dimos la vuelta.
Atrás quedó el castillo.
2 comentarios:
Muy lindo, me gustó mucho.
Saludos,
Saludos, y gracias.
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