(Discurso para el acto de graduación de la promoción 2011-2012
del IES Cristo del Socorro de Luanco)

Ante todo, debo confesar que, desde el día en que me
propusieron decir unas palabras en este acto, llevo dándole vueltas y más
vueltas al asunto en busca de qué manera podía enfocarlo de tal modo que todos
(vosotros, queridos ex alumnos; vosotras, familias; vosotros, colegas de
claustro, pero también yo mismo) saliéramos con bien del asunto. Porque sí, se
me ocurrieron varias ideas, mejor dicho, muchas ideas, pero por una razón u
otra todas me acababan dejando un molesto regusto de insatisfacción.
Por ejemplo, podría tirar del hilo de la coincidencia
cronológica, a saber: que esta generación entró en el instituto el mismo curso
que lo hice yo, y por tanto tuvimos que aprender juntos a movernos de un
aulario a otro, a encontrar la biblioteca o a descubrir cómo demonios se abrían
los baños. Además, se da la circunstancia de que ese curso fui (por única vez
hasta la fecha; debí de hacerlo muy mal) tutor de un tercio de aquellos que el
azar reunió en la muy cinemascópica aula de 1ºA, de modo que, si hoy me toca
despedirlos, en septiembre de 2006 fui el encargado de recibirlos y dictarles
su primer horario, y luego los acompañé durante todo aquel curso en que
nombramos a Lara bibliotecaria de aula, le cambiamos el apellido a Paloma o
Valle, nos reímos de los coloretes de Sonia, filmamos “El profesor asesino” o
nos fuimos, para rematar, de lluviosa excursión a León (mi mujer todavía
recuerda el estúpido orgullo con que le conté cómo mis tutorandas habían pescado
más truchas que nadie en cierta yincana).
De entonces a hoy el azar, y cierta malicia por mi parte
(lo confieso) a la hora de elegir grupos, explica que me las arreglara para daros
clase un curso tras otro: en mis cuadernos de notas muchos de vosotros figuráis
desde dos o tres hasta cuatro o incluso cinco cursos, pero me temo que entre
Ángel, Sara F. C. y un servidor hemos establecido un récord difícilmente
superable: seis años seguidos, que arrojan la friolera de más de mil clases
juntos… (Deberíamos haber encargado diploma especial.) Para colmo, una parte
nada desdeñable de vosotros se enroló consecutivamente en diversos proyectos
que, ahora puedo decirlo, se diseñaron en parte a vuestra medida: los Encuentros
con Escritores, el blog Miles de Libros, el periódico El Crisol, la radio
escolar REC, la productora Crisol Films… Cuidado, también tenía pensado echaros
en cara unas cuantas cosas: por ejemplo, que nunca me llevarais a alguno de
vuestros muchos viajes de estudios. Pero luego recordé que en 2ºB hicimos el
más largo y más divertido posible: un imaginario viaje a la república de
Chiquidistán, presidida por don Ranitín y sus nenúfares, en forma de novela
colectiva que aún puede leerse, por cierto, en el blog de la biblio.
Así que, en efecto, no me faltaban hilos de los que
tirar; pero una y otra vez el problema residía en que, adoptara el que
adoptase, siempre había alguno de vosotros a quien mi discurso excluiría
involuntariamente: aquellos de los que no fui tutor, aquellos –pocos– a quienes
nunca he dado una clase de morfología (parece imposible), los que tampoco se asomaron
a las páginas o los micrófonos crisoleros….
Visto lo cual, por un momento pensé abandonar la
perspectiva subjetiva y adoptar, a cambio, un tono digamos sociológico. Imaginé
así un discurso sobre las bondades de la educación pública de la que, os guste
o no, formáis parte y sois recientísimo fruto. Pero me temo que no corren
buenos tiempos para entrar en tales lindes sin chapotear en el cenagoso mundo
de la política. Y hoy (coincidiréis conmigo) no estamos aquí para eso.
Atribulado, pues, por tanta duda, llegué a sopesar la
posibilidad de echarme atrás. Para colmo, el otro día me topé con esta cita en
la novela que ando leyendo: "Un hombre siempre hace el ridículo lanzando
discursos" (George Elliot, Middlemarch).
Pero entonces se me ocurrió que lo mejor
que podía hacer era ceñirme a mi papel de profe de lengua y, sencillamente,
contaros un cuento. Un último cuento. Y es lo que voy a hacer. Se titula “La
navaja suiza”. Es un cuento de estructura circular, o en anillo. Está en
tercera persona y tiene narrador externo. Dice así.
La navaja suiza
Había una
vez un grupo de profesores que recibió en el salón de actos de su instituto a
una generación de estudiantes. Corría el año 2006. Apenas hacía un lustro que
habían caído las Torres Gemelas, España aún no había ganado el Mundial (ni
soñarlo) y, de aquella, la palabra “crisis” todavía dormitaba entre las páginas
de diccionarios y expedientes siquiátricos, soñando con ocupar algún día todos
los titulares.
Los
profesores recibieron a los alumnos, los condujeron a las aulas y se pusieron
manos a la obra. Dictaron apuntes, mandaron deberes, pusieron exámenes… y los
estudiantes copiaron apuntes, hicieron deberes y completaron exámenes. Entremedias
hubo tiempo para visitar media Europa, fundar un emporio comunicativo, hacer un
buen número de kilómetros subiendo y bajando escaleras y alternando aularios, o
rozar la congelación sanguínea en el cuartín. A unos les cambió la voz; otras
se enamoraron de vampiros; poco a poco empezaron a odiar los chandals, y a calzarse
Converse de todos los colores imaginables; acabaron despreciando el Messenger, burlándose
del Tuenti y creando trending topics
en Twitter. Vaya, se hicieron, como diría aquel, mayorinos.
El último
día, reunidos de nuevo en ese mismo salón de actos, uno de esos profesores (uno
que canta en Youtube) debía pronunciar un discurso de despedida. Como andaba
algo escaso de ideas, después de darle vueltas y más vueltas recurrió a un
viejo truco suyo: abrir el diccionario. Y allí se encontró la siguiente
definición del verbo “educar”:
Educar: dirigir, encaminar, doctrinar.
Como a
cualquier otro profesor en su sano juicio, tanto la primera como la última
acepción (dirigir, doctrinar) le resultaron
más bien inquietantes. Sin embargo, como este profesor es de lengua y
literatura, y por tanto le gustan las metáforas, la segunda posibilidad llamó
su atención: “educar: encaminar”. La
metáfora de la vida como trayecto no destaca, precisamente, por su originalidad,
y aunque suene muy "americana", suele dar juego (de hecho el profesor
recordó haber leído propuestas similares de aquellos mismos alumnos que tenía
enfrente durante un ejercicio típico de su repertorio: “La vida es una
naranja”). Repasando algún argumento de autoridad, alguna perla o delicattesen que quedara bien, como una
cita Borges en un examen de PAU, al principio se le vino a la cabeza –cómo no–
la tristona y teocéntrica versión de Jorge Manrique (nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar….), pero poco
después la memoria rescató, en cambio, otros versos –tan sencillos como
inquietantes– que tal vez sean los más famosos de la poesía española:
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Y entonces
el profesor comprendió que había encontrado el hilo que andaba buscando, y
decidió que en su discurso de despedida se decantaría por argumentar que, en
cierto sentido, aquellos seis años que unos y otros (alumnos y docentes) se
habían afanado entre apuntes, deberes y exámenes, podían considerarse –de hacer
caso a poetas y diccionarios– una considerable paradoja: ¿De modo, les diría,
que habían estado seis cursos encaminándolos/encaminándose hacia un camino
invisible, un camino que, como en un perverso cuento de hadas, sólo se dibuja
cuando ponemos el primer pie en él? Pues sí: esa sería su última lección.
Alguno de
los presentes se removió, incómodo, en la butaca, dudando si aquello venía o no
cuento, si no sonaba demasiado pesimista. El profesor, por su parte, dudó si
convendría prolongar un poquito más la alegoría para hacerla más didáctica
(explicándoles, por ejemplo, que cuanto habían estudiado, analizado o
esquematizado venía a constituir una especie de complejísima navaja suiza, una de
esas navajas multiusos, llena de accesorios y mecanismos varios, a la que tal
vez podrían recurrir en cada recodo, cada tropiezo o cada bifurcación del
dichoso camino), pero, al final, y secretamente convencido de haber dado la más
melancólica clase de su vida –pero también la más esperanzada clase de su vida–,
prefirió detenerse en ese punto, alzar la vista y susurrarles (eso sí, con un
temblorcillo de emoción),
–Buen
viaje.
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