2 jun 2012

El escenario


Muchas horas después de acabada la función aún seguía sentado en el patio de butacas con la mirada absorta en el escenario vacío, como si alentara la absurda esperanza de que, en cualquier momento, las tablas volverían  a animarse de atribulados lances e ingeniosas réplicas. No me inquietaba la espera, no me incomodaba la postura. Solo aguardaba, paciente, sin atreverme a desviar la vista del decorado pintado al fondo o los escasos muebles que habían figurado el breve mundo del drama. 

Permanecí así horas, y luego días y meses sin que nada aconteciera. Poco a poco fui arrugándome y enflaqueciendo en mi butaca. Sobre el escenario se arremolinaban guedejas de hilo, y la escasa luz de la claraboya despertaba palpitantes senderos de polvo por doquier. Jugaba a seguir su baile, sin concederme otra tregua en mi vigilia. 

En el último momento, mi espera se vio recompensada. Creí apreciar un movimiento, luego oí el inconfundible crujido de la carcoma y al parpadear descubrí, sobre las tablas, una figura vagamente humana, cubierta de los pies a la cabeza por una suerte de vaporosa túnica que me trajo a la memoria el recuerdo de voluptuosidades pretéritas. 

Solo entonces cambié de postura, descrucé las piernas y me arrellané de nuevo en la butaca. Sonó un carraspeo, luego un tímido aplauso. Todo volvía a empezar. 








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