28 ago 2008

Poética de la aspiradora

La aspiradora siempre me ha proporcionado, a lo largo de mi vida adulta (fui un niño malcriado, sí, que nunca se enfrentó a ella hasta que se mudó, ya crecidito), un intenso sucedáneo de la meditación. Cuántas vidas paralelas, mundos posibles, biografías imaginarias, no habré urdido al son de sus rugidos a ras de zócalos, sus órbitas alrededor de muebles y sillas, sus infinitas singladuras de pasillos. No pocas veces la he abandonado (preso de un platónico y patético furor) para correr al escritorio, coger la guitarra, husmear la biblioteca, llegando a maldecir por lo bajo el tiempo perdido (y entonces ya nunca recobrado) que me obligaban a perder sus exigencias de orden y limpieza.

Ayer, sin ir más lejos, tomé conciencia una vez más (la conciencia es perezosa, siempre anda dándole vueltas a lo mismo) de un hecho que a veces, y para mi mal, olvido. El hecho de que, por decirlo con aires tautológicos, no sé escribir sin escribir. O sea: que soy incapaz de planificar, preparar, o al menos pergeñar un escrito. Sólo sé (y aun eso, pero bueno) escribirlo. Cuantas veces he intentado lo contrario (intentando cerrar un argumento de principio a fin, por ejemplo), otras tantas he fracasado, y la mayoría de ellas he terminado abandonando lo que fuera que tuviera entre manos.

A re-entenderlo ayer me ayudaron, sin duda, mis guarismos del otro día: por eso no puedo llevar a ningún fin convincente una novela de intriga, o parir completito un bestseller de aventuras, por mucho que admire esos esquemas, o que me gustara o interesase (estética o económicamente, je je) el reto. Las excepciones a la regla son algunos pocos relatos efectivamente pensados, de antemano, de cabo a rabo, pero por eso mismo son textos que hoy me parecen insoportables ejercicios de estilo, o fatuos y fatigosos fuegos de artificio que poco o nada de verdad (ah, la verdad) encierran.

Que yo recuerde ahora, Javier Marías ha dedicado mejores y más lúcidas páginas sobre lo que él denomina (creo) “el pensamiento literario”, una peculiar forma de la inteligencia que sólo se manifestaría durante el hecho mismo de la escritura: un pensamiento en acto, un pensamiento-improvisación, un pensamiento-proceso, que vivifica el texto al tiempo que es engendrado por el discurrir mismo del propio texto. Una suerte de furor, por qué no, despojado de teología. Una peculiar forma de escultura mental, en la que cincel y perfil (escritura y texto, palabra y pensamiento) se retroalimentan mutuamente.

O, también, por qué no (recordando la máxima flaubertiana), una forma más de la mediocridad que busca refugio en la derrota o el abandono; en otras palabras: una máscara barata de la pereza, que tiene mala prensa, y por eso gusta de carnavales. Puede ser.

(Suerte que aún me queda por aspirar el piso de arriba, a lo mejor termino la semana llegando a alguna conclusión seria al respecto. Ya veremos.)

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