
Como no ha habido manera de recuperar el dichoso documento en que había empezado a escribir esta entrada, voy a intentar pergeñar un palimpsesto con mis intenciones y recuerdos de lo que quería decir y cómo creo que empecé a decirlo.
La entrada habría tratado, básicamente, del innegable sesgo revival que últimamente detecto en mis hábitos, gustos o consumos, un sesgo que de entrada no sabía si achacar a la influencia coyuntural (y por ello acaso pasajera) de la treintena, o bien a un consustancial (y por ello irremediable) temperamento de por sí inclinado a la nostalgia y la melancolía; y para cuya ejemplificación me disponía a glosar, a modo de síntoma evidente, ciertos regalos navideños de las últimas temporadas.
Contaba, así, que el regalo más preciado de hace un par de años fue la reedición del estupendo juego de mesa La fuga de Colditz, basado en la homónima serie televisiva (de la que apenas guardo recuerdo) y socorro de no pocas tardes de sábado allá por la infancia, cuando me reunía con O. y un amigo suyo, que era quien tenía el juego, para intentar burlar la estrecha vigilancia del nazi de turno y traspasar la alambrada del castillo, cruzar sus túneles, o robarle el coche al comandante. A continuación identificaba el placer que ese juego concitaba entonces, y aún es capaz de evocar ahora, en su magistral hibridación del género de la huida (hace no tanto recuperado gracias a la primera temporada de Prison Break) con el escenario de ficción de la IIWW, que tan mágicos momentos cinematográficos me ha proporcionado (pienso en La gran Evasión, Evasión o victoria o El puente sobre el río Kwai, e incluso –es la historia inversa- Doce del patíbulo).
Lo cierto es que tengo la sospecha de que en mi susceptible imaginación infantil la Segunda Guerra Mundial cristalizó como un universo mítico de talla pareja a los de Tolkien o Star Wars –con sus señores oscuros y todo- cuya capacidad de fascinación, por cierto, me parece aún hoy vigente (aunque en clave bastante menos frívola) en cierto sector de la narrativa contemporánea, si hacemos tesis de títulos tan dispares como Europa Central, Las Benévolas, La solución final, La ofensa, El niño con el pijama de rayas… (y que me perdone alguno por esta caótica enumeración, que iguala lo de por sí incomparable). La segunda guerra mundial era, de hecho, el título literal de otro estupendo juego de mesa de la desaparecida NAC que mi hermano y yo fatigamos en su día, y que todavía la semana pasada intenté localizar sin éxito con el fin de regalárselo para Reyes, en claro gesto revival. Por el contrario, fui yo quien recibí otro de los grandes hits de aquella: el Risk, ese juego con el que aprendimos palabras como Ontario o Kamchaka (¿lo escribo bien?), que nos educó en la mecánica de la guerra fría, y que ahora se ha reeditado (después de la afrenta que supuso su versión adaptada a la Tierra Media, aprovechando el tirón de la trilogía) en versión bastante más colorista y, por lo visto (así se anuncia en la caja), simplificada.
La entrada habría tratado, básicamente, del innegable sesgo revival que últimamente detecto en mis hábitos, gustos o consumos, un sesgo que de entrada no sabía si achacar a la influencia coyuntural (y por ello acaso pasajera) de la treintena, o bien a un consustancial (y por ello irremediable) temperamento de por sí inclinado a la nostalgia y la melancolía; y para cuya ejemplificación me disponía a glosar, a modo de síntoma evidente, ciertos regalos navideños de las últimas temporadas.
Contaba, así, que el regalo más preciado de hace un par de años fue la reedición del estupendo juego de mesa La fuga de Colditz, basado en la homónima serie televisiva (de la que apenas guardo recuerdo) y socorro de no pocas tardes de sábado allá por la infancia, cuando me reunía con O. y un amigo suyo, que era quien tenía el juego, para intentar burlar la estrecha vigilancia del nazi de turno y traspasar la alambrada del castillo, cruzar sus túneles, o robarle el coche al comandante. A continuación identificaba el placer que ese juego concitaba entonces, y aún es capaz de evocar ahora, en su magistral hibridación del género de la huida (hace no tanto recuperado gracias a la primera temporada de Prison Break) con el escenario de ficción de la IIWW, que tan mágicos momentos cinematográficos me ha proporcionado (pienso en La gran Evasión, Evasión o victoria o El puente sobre el río Kwai, e incluso –es la historia inversa- Doce del patíbulo).
Lo cierto es que tengo la sospecha de que en mi susceptible imaginación infantil la Segunda Guerra Mundial cristalizó como un universo mítico de talla pareja a los de Tolkien o Star Wars –con sus señores oscuros y todo- cuya capacidad de fascinación, por cierto, me parece aún hoy vigente (aunque en clave bastante menos frívola) en cierto sector de la narrativa contemporánea, si hacemos tesis de títulos tan dispares como Europa Central, Las Benévolas, La solución final, La ofensa, El niño con el pijama de rayas… (y que me perdone alguno por esta caótica enumeración, que iguala lo de por sí incomparable). La segunda guerra mundial era, de hecho, el título literal de otro estupendo juego de mesa de la desaparecida NAC que mi hermano y yo fatigamos en su día, y que todavía la semana pasada intenté localizar sin éxito con el fin de regalárselo para Reyes, en claro gesto revival. Por el contrario, fui yo quien recibí otro de los grandes hits de aquella: el Risk, ese juego con el que aprendimos palabras como Ontario o Kamchaka (¿lo escribo bien?), que nos educó en la mecánica de la guerra fría, y que ahora se ha reeditado (después de la afrenta que supuso su versión adaptada a la Tierra Media, aprovechando el tirón de la trilogía) en versión bastante más colorista y, por lo visto (así se anuncia en la caja), simplificada.
(continuará)
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