1 feb 2009

Protesto




El otro día grabamos de la tele, y luego hemos visto en dos sesiones, Legítima defensa, la adaptación firmada por Coppola de una novela de John Grisham. Vaya, una de abogados.

Reconozco que hubo un tiempo en que, entre lectura y lectura obligatoria, me gustaba pasar el rato –para perplejidad de algún compañero de promoción filológica, que insistía en que lo dejara por Roa Bastos- leyendo las novelas de Grisham, casi todas ellas pasadas más tarde o más temprano por el tamiz de Hollywood: La tapadera, El informe pelícano, Cámara de gas, El jurado... y también esta Legítima defensa, que recuerdo que me había llamado la atención porque, frente a las anteriores, estaba narrada en primera persona y en presente (a modo de diario, creo), una técnica poco habitual en el microgénero grishamniano.

Si nos pusiéramos a hacer muñecas rusas, diríase que el tal microgénero grishamniano pertenece por derecho propio al subgénero judicial y éste, por extensión, al macrogénero policial, no en vano el centro geométrico de tales relatos, aquel eje en torno al cual orbitan de uno u otro modo, es algún tipo de crimen cuya culpa se intenta esclarecer (la burla kafkiana de El proceso radica en buena medida en negar ese centro, en ahuecarlo: “Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”; toma albor). Si nos pusiéramos a hacer autobiografía, diría que el germen de mi breve interés se encuentra en una edición del Círculo de Lectores de Anatomía de un asesinato, novela de un tal Voelker (he tenido que recurrir a wikipedia) adaptada magistralmente por Preminger en el film homónimo.

Recuerdo haber leído la novela, y visto la película, cuando aún era un crío, y haberme quedado fascinado por aquel lío de argumentos y contrargumentos, de pistas y precedentes judiciales, de retórica y jurisprudencia que, como una laboriosa pantalla borgiana, envolvía la trama hasta asfixiarla. Está claro que el universo jurídico es un universo puramente discursivo, un juego de lenguaje al término del cual no necesariamente se encuentra, como en el desenlace de Voelker/Premminger, verdades que tengan aplicación efectiva alguna más allá de los límites del campo de juego del tribunal, un ámbito dramático cuya escenografía y topología (al menos tal como ha quedado codificada ya para siempre en el cine clásico, esto es, en el cine americano) resulta un perfecto trasunto de esa tensión lúdica propia del combate sujeto a reglas y artificios.

Bien pensado, el subgénero judicial revienta a su manera las bases del policiaco tradicional sustituyendo la culpa por la prueba, la investigación por la retórica, la verdad por la verosimilitud; la reconstrucción del crimen por su conversión en relato y, por tanto, la sustitución del sentido práctico de contar (dar orden y sentido a algo) por su sentido pragmático: generar un efecto (esto es, convencer sobre algo). Uno y otro son géneros en esencia metanarrativos, en los que una secuencia de acontecimientos determinada se narra una y otra vez, dándole la vuelta como si de un calcetín infinito se tratase: se enfoca desde puntos de vista alternativos, se articula según registros y retóricas excluyentes, se reordena en configuraciones diversas; no se cuenta, en suma, sino que se busca el modo idóneo (pero según fines diversos) de contar.

En sus versiones más simplistas (pero no por ello menos fascinantes o efectivas) el universo de lo posible se encuentra escindido en dos órdenes contrapuestos: vaya, los buenos y los malos. Legítima defensa es casi abusiva en esto: un pequeño David recién salido de la facultad se enfrenta él solito (o con la mínima -perdón- ayuda de Danny de Vito) al enorme Goliat de una compañía aseguradora y su ejército de arrogantes abogadotes (estupendo John Voight). El sello Coppola (wiki dice que también firma el guión), aunque haya tenido horas más altas, la libra de excesos melodramáticos, pero no de todos los defectos, muchos de ellos achacables a la ya escueta mentalidad grishamniana, afín a dicotomías.

No diría yo que es una buena película, pero tampoco creo que se le pueda pedir mucho más que a una buena fábula. Y en eso no falla.




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