31 ene 2009

XXL



Cuando un fenómeno del orden natural nos sobrecoge por su grandilocuencia, espectacularidad o belleza, nos queda un último consuelo: la indiferencia de sabernos irresponsables. Pero cuando es un fenómeno cultural, de exclusiva factura humana, el que así nos afrenta (porque algo de eso hay), no queda más remedio que asumirlo, por costoso o abrumador que ello resulte. Todavía me recuerdo, hace no tanto, embobado bajo la cúpula del Panteón, y masticando dos únicas palabras en un vano intento de definir o atrapar semejante experiencia: la primera (robada a Sthendal, apud mi guía turística) era perfección; la segunda, imposibilidad. El Panteón es un espectáculo en esencia imposible, pero también en esencia inevitable. No cabe posibilidad alguna de negarlo, desdecirlo, relativizarlo, achacarlo a algún azar. Porque es humano. Monstruosamente humano.

Cada cual sabe sus ejemplos. Yo, ayer, tuve que añadir uno más a mi lista de personales monstruosidades: Los hermanos Karamazov. Pocas veces he sentido, como siento ahora, la inutilidad de mi lenguaje, de mis estudios, mi formación o mi cultura (todo ello relativamente mediocre, también es cierto) a la hora de dar cuenta de una experiencia que no me atrevo siquiera a adjetivar de estética. Y que no sé siquiera si merece el sustantivo de lectura, porque se ha parecido más a un combate (aquí está la afrenta) que a cualquier otra cosa.

Cogí la novela (si es posible, asimismo, reducirla al simplismo de esta etiqueta) hace ya mucho, mucho tiempo. Y reconozco que empecé con cierta energía, incluso lápiz en mano. De todos modos, la lectura del prólogo, en el cual Dostoievski explica que Los hermanos… es a su vez apenas el prólogo necesario de otra novela que luego nunca escribió (un prólogo de 1100 páginas, sí, pero así era el amigo Fiodor), ya debería haberme puesto sobre aviso. Poco después, otros proyectos de lectura se me cruzaron ante los ojos (Proust, sin ir más lejos), y entonces tomé una decisión que a la postre ha resultado casi suicida: decidí que sólo leería LHK –parece la serie de Cuatro- por las mañanas, durante la media hora de mi trayecto en autobús camino del trabajo, y así podría destinar las tardes y las noches a otros afanes. Pero claro: hay días en que uno tiene más sueño que otra cosa; hay muchos en que no coge autobús porque no trabaja, navidades y findes incluidos; hay otros en que alguna lectura u obligación coyuntural apremia; y algunos más en que se está, sencillamente, para el arrastre.

Sólo así se explica que el libro, un solo volumen en mi apretada edición de Cátedra, se haya pasado yo qué sé cuánto (¿igual tres meses?) en mi maletín de viaje, y que, por cierto, se encuentre en tan cochambroso estado después del prolongado tute Gijón-Gozón-Gijón. Y que, impulsado por cierta vergüenza torera (Javier R. me entenderá, si se pasa por aquí), no haya logrado terminarlo hasta ayer tarde, y eso infringiendo mis rigurosas restricciones horarias.

El efecto inmediato de esta lectura dilatada, casi procastinada hasta la exasperación, es evidente: la imposibilidad de percibir la novela como un ente pleno, autónomo, dotado de límites y fronteras y, por ello mismo, de existencia. Así como la cúpula del Panteón es un espectáculo que, al menos in praesentia, resulta imposible de percibir en su totalidad de un solo vistazo (algo que sólo se logra a través de la fotografía, y de ahí –creo- esa función reguladora de la ansiedad de la que habla Sontag), Los hermanos…, al menos tal cual yo la he leído, se convierte en un fenómeno que excede los límites temporales (si no ontológicos) del concepto clásico de novela, y que en consecuencia pone en tela de juicio el concepto mismo de lectura como un acontecimiento de progresión semántica y estética.

Por otra parte, no cabe duda de que una idea estable y monolítica de la lectura resulta de un confortable pero indiscutible convencionalismo: nadie lee de la misma manera, y ni siquiera un mismo individuo posee un único estilo o registro lector, sino más bien una amplia gama de ellos que se activan o desactivan según el contexto, la finalidad, el objeto de lectura. Por ejemplo: no sé si es un rasgo compartido o no, pero no es infrecuente que detecte en mí un modelo específico de lectura que, con perdón de la petulancia, yo denominaría “lectura de escritor”, y que consiste básicamente en desarrollar ante ciertos textos una doble lectura o lectura paralela: por un lado, la lectura convencional del texto ofrecido; pero por otro, y de manera simultánea, la lectura del texto hipotético que uno habría escrito caso de estar escribiendo dicho texto.

Ese segundo texto imaginario es una especie de campo de pruebas, un escenario lúdico (como en El juego de Ender) para la práctica y el aprendizaje, en cuya virtualidad aquel que en horas entusiastas se cree o se considera o se sueña escritor (da lo mismo el rango, basta la voluntad) ensaya alternativas gramaticales, variaciones estilísticas, contrafactuales narrativos. Y de la cual suele extraer no pocos juicios de valor, o al menos cierto ramillete de certezas más o menos precarias al respecto: tal escritor genera muy pocos desvíos imaginarios, de ahí su afinidad con uno mismo; tal otro suscita de continuo alternativas, por eso no nos convence.

El problema de esta doble lectura es que también está abocada, por necesidad, a no pocos chascos o frustraciones cuando un libro cualquiera, sea por su fuerza, su valía o su excelsitud, impone su textualidad de una manera excluyente, abortando cualquier intento de alternativa, negando el paso a cualquier desvío mental. Esos libros, lisos, sólidos e inexpugnables como una muralla ciclópea, suelen dejarle exhausto a uno. Exhausto o abrumado, apabullado y empequeñecido. Diríase que son libros de una altanería que, de tan merecida, resulta insoportable, porque nunca acabamos por hacernos un hueco en ellos, y nunca llegamos a sentirnos en posesión de su aplastante discurso. Pero ante los cuales tampoco cabe, como ante un fenómeno natural, sustraerse con vanos consuelos de indiferencia. Porque son humanos, demasiado humanos, nos admiran. Y nos aterran.

La suma de ambos fenómenos (dilatación exasperante, sentimiento de exclusión) explica bien que, ahora que al fin he concluido con la peripecia por otra parte inacabada –tiene bemoles- de los Karamazov, me sienta incapaz de escribir a propósito de ella una sola línea digna. Entiéndaseme bien: en absoluto reniego o me arrepiento del trayecto, ni me atrevo todavía (como sí en otros tantos casos) a considerarlo baldío. Al contrario. Más bien creo que la combinación de una tal novela con una tal manera de leerla ha supuesto (siendo optimistas) una de las experiencias más fascinantes y asombrosas de mi vida lectora, aunque en nada (o precisamente por eso) se haya parecido a episodios previos de ella. Y, así como no creo que pueda nunca olvidar mi imposible contemplación del Panteón, dudo mucho que llegue a olvidar esta mi imposible lectura de Dostoievski.

Eso sí. De momento, prefiero olvidar que todavía me aguardan Los demonios, o El idiota.






1 comentario:

Anónimo dijo...

Es curioso: esa lectura fragmentada y dilatada en el tiempo es casi el único estilo de lector que me queda. Tal vez impida considerar la novela como un ser unitario, pero, por otra parte, al estar presente durante muchos días, muchos meses incluso, es como si la incorporásemos más a nuestra vida.

Me ha hecho pensar también en cómo el cine parece que sólo admite una "lectura": ver la película de una sentada; o al menos se supone que esa es la forma principal de recibirlo. La verdad es que nunca me había planteado que tal vez estuviera incumpliendo cierto contrato virtual con el escritor al leer una novela de manera tan fragmentada...