1 ene 2009

ganar o perder

Aquí estoy, en la cocina de la casa de aldea de mis suegros, con una copa y el cenicero a mano, celebrando ―ahora que todos se han ido ya a dormir― las últimas horas de esta nochevieja de 2008 (nada es cierto, claro, pero así imaginé que escribiría esta entrada, y a esa ficción me someto ahora); y cavilando, básicamente, en qué gran medida somos nosotros los únicos responsables de cuantas culpas le echamos al tiempo y sus vaivenes. Porque es culpa nuestra, y exclusiva, nuestra tozuda manía de segmentar, dividir en bloques, cortar trozos, aislar fragmentos de tiempo y ponerles nombre, llamarlos horas, días, semanas, meses; y es perversión exclusivamente nuestra que, una vez hemos dispuesto el tiempo en esas confortables unidades de observación y medida (supongo que un simple recurso para atenuar la ansiedad, el vértigo), nos dispongamos a valorar y juzgar esos trozos, a propinarles adjetivos (un buen día, un mal año), a ejecutar recuentos y ofrecer conclusiones al respecto. Porque es entonces cuando descubrimos (culpa nuestra, insisto) cómo por debajo de la indiferente apariencia de los días, agazapado bajo su anónimo rostro, se ha ido urdiendo, silenciosamente, el brocado de la vida, y su contradictorio repertorio de alegrías y desazones. Cuando descubrimos que, en cuanto encerramos bajo palabra uno de esos trozos indistintos de tiempo (llámese hora, rato, día, año), entonces hemos creado, nos guste o no, el escenario abstracto de un combate en el que siempre se gana tanto como se pierde.

2008 comenzó, por ejemplo, con la resaca de una cierta victoria, cierto, que dio para alumbrar un librito cuyo mérito mayor me sigue pareciendo el que fuera capaz de inclinar a un selecto puñado de conocidos a leerlo y juzgarlo con benevolencia, devolviéndome así de paso cierta confianza que creía definitivamente extraviada, y ciertas ganas (también dadas por perdidas) que, si al final no conducen a ningún sitio, habrán merecido la pena sólo por lo que tienen de orgulloso y tozudo (aun cuando atolondrado) corte de manga al desaliento, y su veneno. Cierto también que, al tiempo, se han perdido las ganas de otros afanes, y que ha costado (si se ha logrado del todo, cosa que ignoro) recuperarlas; pero así es la vida, o la mía al menos: un constante tira y afloja en el que cada avance esconde otras íntimas derrotas.

El saldo no quda maltrecho tampoco, ni mucho menos, por lo que respecta al inventario y afanes vitales de seres queridos (con una sola excepción): nos hemos ahorrado tanatorios, que no es poco, y han nacido, a cambio, nada menos que tres nuevas criaturas bien dispuestas a alegrar vidas ajenas y, en sana consecuencia, la vida propia: J., el hijo de Nus y M.; M, el segundo de Ch. y N.; y por supuesto E., sangre de mi sangre, que parece venido al mundo con el único fin de intimidarnos con esos ojos suyos, tan formales y tan serios, a nosotros, pobres y ridículos adultos siempre dispuestos a ofrecerle hasta el último de nuestros piropos y cuchufletas como fieles que se rindieran a los pies de un altivo dios de piedra. Y al que, quizá por eso, y por inexplicable que me resulte, tanto y tan profundamente quiero.

Advertí una excepción: 2008 quedará también para el recuerdo como el año en que perdí, no sé si ya para siempre (crudo lo tenemos), no simplemente a un amigo, sino al que yo siempre consideré el amigo, el primero entre todos ellos, el más querido, aquel cuyos avatares e infortunios más me preocuparon, acaso la persona a quien, en toda mi vida, más me he esforzado en comprender, con la que más he fumado y bebido, y desde luego con la que pasé más noches viejas como ésta y tantas otras (las noches siempre acaban siendo viejas, a ciertas horas, y eso también lo descubrimos juntos). La misma que, al cabo de todos estos años, más y mejor me ha hecho comprender el frío acero de la traición, pues no de otro modo entiendo su comportamiento final. Claro que esto es cosa de dos, y que él tendrá su propio memorial de agravios, pero por una vez voy a dejar de lado cualquier asomo de empatía o relativismo y voy a declararme convencido de mi absoluta inocencia en este entuerto en que, no sé muy bien a cuento de qué, nos hemos enredado ya no sé –insisto- si para siempre. Acaso 2009 tenga algo que decir al respecto; yo, desde luego, sí lo tengo, pero nada halagüeño.

Qué más. Ah, sí. En 2008 logré ganarle unas cuantas manos a la enfermedad no sé si física, moral o mental (o nada de todo eso) que me cazó de improviso hará un par de años; y, aunque la partida siga (y no quepa por tanto rendirse al optimismo), algo es algo, algo vamos aprendiendo y algo va quedando, alguna baza oculta, algún que otro as en la manga para cuando ella amague el próximo zarpazo. Y, si en algún momento creí haber perdido la paciencia, ahora estamos como mínimo empatados. Seguiremos jugando.


Y poco más, la verdad, si ya no es demasiado lo anterior. Al otro lado de la ventana, empapada de humedad, las primeras luces de 2009 empiezan a romper la noche, sin más aspavientos o dramatismos que los habituales. El cenicero se ha convertido hace tiempo en un cruel autorretrato, y no hay más hielo en el congelador para una nueva copa (mi suegro no podía prever este arrebato mío de quedarme escribiendo en la cocina mientras todos duermen). Como no me vaya a acostar, todavía me pillará mi suegra, la pobre, que hoy, y por mucho Año Nuevo que se celebre, se levantará dentro de un rato para irse a trabajar. Y además, R. me espera en la cama, como siempre. Porque ella siempre me espera; esté donde esté, haga lo que haga. Aunque duerma me oirá entrar, murmurará una palabra o dos y no se quedará tranquila hasta verme acostado. Con ella, al menos, nada pierdo y nada gano, porque con ella el tiempo aún discurre y no se fragmenta, no se rompe ni se quiebra en pedazos que provoquen la falacia (o la vileza) de un adjetivo, un juicio, un recuento, una conclusión.

Ya lo dije yo, otra vez y en otro sitio, y supongo que a estas alturas, en este punto de esta entrada imaginaria, mientras la madrugada se rompe sin mayores ceremonias al otro lado de la ventana empapada y ya oigo los primeros pasos de mi suegra en el piso de arriba (vaya, no tengo escapatoria), puedo permitirme el lujo (la impertinencia) de autocitarme sin mucho empacho: “sabes –decía aquel yo poético mío- que ganar o perder no es lo mismo si no hay nadie para verlo”.

Yo lo tengo.

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